TORTILLA TIESA

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VIVO
Escritura, lectura y
pensamiento en
movimiento.


SOBRE
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No todo lo que se escribe puede ser explicado. Este archivo reúne fragmentos, imágenes y gestos mínimos; formas de ver el mundo desde la palabra.
DA CAPO AL SILENCIO
Primer movimiento (Adagio)
El monedero no estaba, y esa falta, más que el objeto mismo, le reveló una contradicción en el orden del mundo esa mañana. No era una pérdida cualquiera; era una transgresión. Ella sabía, con la certeza inexplicable de los hábitos, que el monedero debía estar junto a ella, como deben existir ciertas normas en la continuidad de la vida. La mano insistió sobre el colchón húmedo, no para encontrarlo, sino para confirmar su desaparición. Comprendió entonces que el día no empezaría según la solemnidad acostumbrada. Se levantó, se sentó, volvió a levantarse, repitiendo sin advertirlo una coreografía que había ejecutado tantas veces en otros cuerpos.
Caminó hacia la cocina contando los pasos, pero perdió la cuenta en el cuarto o quinto, y ese error leve la irritó más que la ausencia del monedero. Nunca pierdo la cuenta, pensó, como si contar fuera una forma de narrar el mundo.
El monedero estaba sobre la mesa. Lo miró con desconfianza; no lo tocó de inmediato. Hay objetos que hacen eso: se mueven sin moverse, y hay que tener mucho cuidado. Finalmente, al abrirlo, las monedas produjeron un sonido ajeno. Aun así, se lo guardó entre los pechos y se acomodó el brasier, no por precaución sino por fidelidad a un gesto innato. Arriba se oyeron pasos. Recordó, sin saber por qué, un pasillo que no llevaba a ninguna parte y que, sin embargo, siempre terminaba recorriendo.
—¿Eres la hija de la vecina? —inquirió, casi a los gritos.
Se dio cuenta de inmediato de que esa pregunta no tenía origen ni destinatario.
Apoyó la mano en el espaldar de la silla, dejó que las rodillas cedieran sin resistencia. Sin darse cuenta, ejecutó sobre el eje del pie un giro diligente, vertical. Y se fue. Ca. Encontró en ese movimiento una huella; había bailado, pero también había sido bailada. El cuerpo recordaba lo que la mente había decidido olvidar.
—Soy tu nieta —dijo una voz.
Ella no recordaba el nombre. Recordar nombres le parecía un ejercicio trivial.
Segundo movimiento (Allegro)
Bailó entonces. Cada giro hilvanaba un instante anterior. No había música. No hacía falta. El ritmo, sabía muy bien, siempre precede al sonido.
Pensó en convocar aplausos, pero los nombres se adelantaban, se empujaban entre sí, entraban y salían de su cabeza como si jugaran a un escondite que ella no alcanzaba a entender. Volteó hacia la ventana y esta le pareció más cercana de lo habitual. Hubo un brisé mínimo, contenido, seguido del suave rastro de un entrechat-six inconcluso y escueto. En ese punto exacto del equilibrio, pensó que el tiempo no es más que un símbolo infinito de retorno. El monedero cayó al suelo y el tiempo se suspendió brevemente. El metal de las monedas tocó el piso con un sonido absoluto y, durante ese segundo inmóvil, supo que todas las versiones de la casa —la que fue, la que es, la que acaso será— coincidían en ella.
—Otra vez —murmuró.
—¿Otra vez qué? —preguntó la voz, desde la habitación.
Se agachó con cuidado y, al incorporarse, los brazos dibujaron sin querer un círculo antiguo. Dejó el monedero sobre la mesa y comprendió, sin alivio pero sin temor, que no se iría nunca del todo, porque nadie se escapa nunca de su propio laberinto. La casa respiró. Ella también.
No ignoraba, aunque no siempre pudiera consentirlo, que su mente ya no obedecía con la docilidad de otros años. Había pensamientos que llegaban antes de ser llamados y otros que, aun invocados con paciencia, se negaban a comparecer. Sabía que era vieja. No por el espejo, que a veces la engañaba con un rostro prestado, sino por la lentitud irreverente del cuerpo, por la cautela con que cada gesto se adelantaba a una posible caída. La carcasa había aprendido a desconfiar del espacio. La mente, en cambio, todavía se aventuraba como si se empeñara en leer el mundo bajo fantásticas leyes caballerescas.
Recordaba con nitidez escenas que no podía situar en el tiempo: una cocina de campo, el olor del perfume en el vestido de su madre, una Remington quieta sobre la mesa, un patio donde alguien marcaba el compás con una guitarra española, un vestido claro girando en un enchaînement preciso. Había muchos días como este en que los recuerdos no se ordenaban cronológicamente. No se ordenaban en lo absoluto. Se superponían. Se repetían. A veces se correteaban entre sí. Pensó que la memoria no era más un camino de vuelta, sino una biblioteca donde ciertos libros cambian de lugar durante la noche.
Escuchó de nuevo los pasos pequeños en la terraza, arriba, junto al lavadero, pero esta vez le parecieron conocidos. Eran pasos que ya había escuchado muchas veces y que, sin embargo, insistían en ser olvidados. Intuyó que quizá no provenían de arriba, sino de antes. Pensó entonces en los niños.
—¿Quién anda ahí? —preguntó, mientras veía hacia el tragaluz.
—¿Es la hija de la vecina?
Su propia voz le sonó chocante.
—Soy tu nieta —respondió la mujer, sonriendo como quien protege algo frágil que se acaba de romper por dentro.
—¡Ay!… —dijo despacio.
Supo que esa mujer era real por un detalle mínimo: la forma en que le acomodaba la manga del camisón ahora seco y limpio, el modo en que evitaba corregirla. No recordó su nombre, pero recordó haberla querido siempre. Quiso decirle algo importante. Algo que sabía desde hacía años, pero las palabras no acudieron.
El cuerpo volvió a moverse: un giro rápido, un paso hacia un lado, y de pronto el suelo se desplazó suavemente, como si bailara sobre un barco invisible. Durante un instante confundió el presente con una tarde remota. No supo si estaba en la casa de su infancia o en un escenario menor, iluminado por luces tibias. El aplauso, si lo hubo, no llegó.
Da capo. Se sentó. El cansancio era viejo y reciente a la vez. Pensó que quizá su mente no estaba rota, sino dispersa. Que había aprendido a estar en varios tiempos al mismo tiempo, como ciertos personajes de los que su abuela le había hablado alguna vez y cuyos nombres ahora no quería recordar. El monedero seguía sobre la mesa. Eso bastaba. Mientras ese objeto permaneciera ahí, algo del orden persistía. No el orden común, sino uno más indulgente.
—¿Otra vez me tengo que despedir? —preguntó, con una leve sonrisa.
No supo si se refería al día, al recuerdo o a sí misma.
Cerró los ojos un momento para comprobar que el mundo seguía ocurriendo aun cuando ella no lo mirara. Cuando los abrió, la casa estaba allí. La hija de la vecina también.
El cuerpo cumplió el movimiento que le correspondía y se retiró del tiempo.
La casa asumió el resto.
Silvia Lima
(Mención Honorífica, cuento internacional,
Certamen Internacional de Cuento, Bailando con Elena Garro México 2026)
Manual del perfecto dulciorador...
Todos los dulcioradores profesionales preparan una estrategia digna de una operación militar para obtener el mejor botín de una piñata. El primer paso es escoger adecuadamente la vestimenta, porque todo buen dulciorador sabe que la discreción es clave, una mochila amplia pero discreta, del mismo color que la ropa, permitirá actuar sin levantar sospechas. A su vez, la ropa debe ser cómoda y funcional, lo suficiente como para librar la batalla pero sin parecer que se la está librando. En el campo de batalla, los dulcioradores estudian y ubican a los niños, porque saben que los pelirrojos y los cachetoncitos son las fuerzas más implacables al golpear una piñata. Un dulciorador astuto se posicionará cerca de estos soldados, siempre alerta, y cuando la tormenta de golpes comience, se abalanzará al suelo con una rapidez que dejará a todos sin tiempo de entender lo que está a punto de suceder. Los dulces que caen primero son los más valiosos, pero hay que ser ágil para esquivar los golpes que, inevitablemente, esos bichitos feroces lanzarán sin piedad. Si algún presente empieza a sospechar de los movimientos calculados del dulciorador, es hora de usar la distracción. Puede hacerse fingiendo ser el organizador del evento, tomando fotos o “ayudando” a acomodar a los niños. Pero hay que tener especial cuidado con las tías golosas, que suelen tener las habilidades de un ThunderCat (ellas también desean ese botín) y descubrir el plan si no se es lo suficientemente astuto. En cuanto todos estén absortos peleando en el centro por los dulces, un dulciorador experimentado recogerá los que caen en las orillas y que siempre son menos disputados. Habiendo llenado su mochila discretamente, se retirará a un lugar seguro para reubicar el botín sin que nadie lo note. Pero un dulciorador no sería digno de su profesión si no contemplara las contingencias. Las tías súper poderosas pueden intentar contrarrestar sus técnicas y sugerir que sea él el encargado de romper la piñata, una trampa mortal que le obligaría a desperdiciar tiempo y esfuerzo en los golpes y no obtener ni un solo dulce. Si tal cosa ocurre, no queda más remedio que desatar el caos: tomar el mando con decisión y comenzar a repartir palo sin misericordia, derribando a todos los rivales. Para completar la faena, deberá aliarse con los pelirrojos y cachetoncitos. Mientras el dulciorador apalea, ellos deben rellenar la mochila y huir para luego repartir el botín.
Silvia Lima
(Cuento ganador en la convocatoria Literatura femenina
Luz y Verso de la Universidad Autónoma de México, 2025)
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