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El potencial perdido

  • Silvia Lima
  • 29 jun
  • 3 min de lectura

Hay preguntas que parecen inocentes hasta que las observamos con detenimiento.

Aparecen en reuniones familiares, en conversaciones entre amigos o en los recuerdos compartidos de quienes alguna vez conocieron a una persona brillante. Casi siempre surgen de la misma manera:

¿Qué fue de él?

¿Qué fue de ella?

Y poco después llega la frase que verdaderamente importa.

Tenía tanto potencial.

La pronunciamos como si fuera un elogio. Sin embargo, encierra una forma peculiar de juicio. Porque rara vez describe a la persona recordada; describe, más bien, la distancia entre lo que llegó a ser y aquello que los demás esperaban que fuera.

La cultura contemporánea siente una fascinación especial por esa distancia.

Nos atraen las promesas. Admiramos las trayectorias ascendentes. Celebramos las historias que concluyen en reconocimiento, prestigio o éxito económico. Nos gusta imaginar que el talento encuentra siempre su recompensa y que las capacidades extraordinarias terminan ocupando un lugar visible en el mundo.

Quizá por eso nos desconcierta tanto cuando las cosas no ocurren de esa manera.

José Eustasio Rivera comprendió algo de esto hace más de un siglo. En La vorágine, una de sus voces parece dirigirse a quienes algún día contemplarán su vida desde lejos y se preguntarán por qué no llegó a convertirse en aquello que prometía. La respuesta que ofrece no es una justificación ni una queja. Es un recordatorio.

La vida tiene circunstancias.

Y las circunstancias tienen una fuerza que solemos olvidar cuando observamos el destino ajeno.

Entre la juventud y la madurez se interponen pérdidas, enfermedades, responsabilidades, accidentes, limitaciones económicas, duelos, cambios de rumbo y decisiones que, vistas desde afuera, casi nunca revelan toda su complejidad.

Sin embargo, cuando contemplamos una biografía terminada, tendemos a mirar únicamente el resultado.

Vemos al escritor que nunca publicó la gran novela que parecía llevar dentro.

Al músico que abandonó los escenarios.

Al estudiante brillante que terminó llevando una vida común.

Al emprendedor que no construyó aquello que todos imaginaban.

Vemos el desenlace.

Rara vez vemos el terremoto.

Quizá por eso la expresión potencial perdido resulta tan reveladora. Sugiere que una vida puede medirse por aquello que no llegó a ocurrir. Como si el valor de una existencia dependiera exclusivamente de sus logros más visibles.

Pero esa idea merece ser cuestionada.

Vivimos en una época que ha convertido el rendimiento en una especie de lenguaje universal. Todo parece susceptible de ser medido: la productividad, la influencia, los ingresos, la visibilidad, el impacto. Con frecuencia hablamos del éxito como si fuera una realidad objetiva, cuando en realidad se trata de una construcción cultural.

Porque existen otras formas de realización.

Hay quienes encuentran sentido en criar una familia.

Hay quienes dedican su vida al cuidado de los demás.

Hay quienes descubren una felicidad serena en los pequeños rituales de la vida cotidiana.

Y hay quienes pasan décadas entregados a una vocación silenciosa: escribir poemas, leer, enseñar, estudiar literatura, cultivar un oficio o preservar una pasión que jamás aparecerá en una lista de reconocimientos.

Ninguna de esas vidas suele despertar admiración pública.

Sin embargo, sería difícil afirmar que son vidas fracasadas.

La historia de la cultura está llena de hombres y mujeres que jamás alcanzaron la celebridad y aun así encontraron una forma profunda de plenitud. Personas para quienes el éxito no consistió en ser conocidas, sino en permanecer fieles a aquello que amaban.

Tal vez ahí resida el verdadero problema de nuestra obsesión con el potencial perdido.

Con demasiada frecuencia confundimos una vida importante con una vida visible.

Confundimos el reconocimiento con el sentido.

Y confundimos la admiración de los demás con la realización personal.

Pero una existencia humana no es una empresa destinada a maximizar resultados.

No es una promesa que deba satisfacer las expectativas ajenas.

Es algo mucho más complejo, más vulnerable y también más misterioso.

Hay vidas que parecen un fracaso vistas desde lejos.

Pero una caída observada a distancia puede ocultar un terremoto.

Y también hay vidas aparentemente modestas que alcanzan algo mucho más difícil que el prestigio: la paz de haber vivido de acuerdo con sus propias convicciones.

Tal vez, entonces, la pregunta no sea por qué alguien no llegó a convertirse en aquello que prometía.

Tal vez la pregunta sea si encontró una forma de vivir que le permitiera considerarse, al final de los años, verdaderamente afortunado.

Esta versión tiene más cadencia de ensayo literario y menos de columna de opinión. Además conecta mejor con la imagen del anciano sonriente, porque conduce al lector hacia la idea de que la plenitud y el éxito no son necesariamente la misma cosa.

 
 
 

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